Oxígeno

Entonces abrí el primer cajón (en donde suelen estar los cuchillos, tenedores y cucharas). Pero en mi primer cajón hay, además de los cubiertos, otras cosas. Cosas como tapitas de botellas, lapiceras, y una vela. Pero yo buscaba un encendedor, o en su defecto fósforos. ¡Pero no había! No había ni encendedores ni fósforos. Volví a mirar el cajón. Habia una vela... La agarré. Pensé en los momentos en los que se corta la luz, son tan necesarias -igual, seguro que en esos momentos no las encontrás (se deben hacer invisibles)-. Prendí la ornalla y después la vela. Entre intentos y maniobras para que no se apagara llegué hasta la otra habitación, en donde estaba el asador. Había papeles que no necesitaba, que eran viejos. Papeles que no quería ver más. Empecé a desplazar la vela por los bordes del papel... Veía los colores, como el fuego iba alimentándose, cómo iba absorbiendo al papel y dejándo esa costrita toda negra. Me quedé ahí porque me gustaba el ruidito. Me hizo acordar a los fogones, cuando el fuego va quemando los palitos, ese ruidito. Cuando me di cuenta tenía toda la cara caliente, y tenía calor. Me alejé, pero no podía dejar de mirar.
Queria quedarme enfrente del asador hasta que todo fuera costritas negras.

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